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PRETEMPORADA|EL TROFEO CARRANZA

Los tiempos cambian, es un hecho. Y no soy tan viejo, pero ya casi a mis cuarenta puedo afirmar esto con tranquilidad. Uno se da cuenta cuando un día cualquiera echa la vista atrás y percibe su infancia como un lugar lejano donde las cosas funcionaban de otra manera. Hoy es uno de esos días.

Lo es porque esta noche comienza el Trofeo Carranza, el “Trofeo de los trofeos”, como se le empezó a llamar. Pero este trofeo poco tiene que ver con el de mi niñez y mucho menos con el de la juventud de mi padre.

Mi primer recuerdo del Trofeo Carranza es del año 1985. Al estadio ya había ido antes, pero en liga. Sin embargo esto era muy distinto. Tarde de sábado de finales de agosto, estadio lleno a reventar. El Cádiz estrenaba grada en Fondo Norte, era el primer partido de la mítica mole de hormigón gris salpicada de líneas amarillas (esas barras que años después me dejarían marca en las costillas en una promoción de ascenso contra el Nástic; pero esa es otra historia). El rival, el Sarajevo. En ese Cádiz, junto a los Amarillo, Escobar y los hermanos Mejías, jugaba un chileno de nombre exótico que jamás se me olvidaría: Arica Hurtado.

El Cádiz ganó 2-1 y pasó a la final, que sería frente al Gremio de Porto Alegre. A la final no pude ir, mi padre tenía que trabajar, pero la pude ver por televisión. Minutos después de que acabara, todos los niños de mi barrio nos tiramos a la calle para celebrar que el Cádiz la había ganado y empezamos a jugar a las tandas de penaltis, porque había sido así como lo había hecho, con un Súper Paco estelar y un Pepe Mejías certero como siempre.

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Era el trofeo de los años ochenta, el que vería al Vasco da Gama de Donato y al Atlético de Madrid de Futre y Schuster, el que marcaba el final del verano – se celebraba el último fin de semana de agosto, antes de empezar la liga -, el que servía de presentación del Cádiz y de los equipos que venían. El que mantenía la tradición que me contaba mi padre.

Porque, para quien no lo sepa, la fama del “Trofeo de los trofeos” era bien merecida. Por Cádiz pasaron los futbolistas más grandes de la historia. Desde la primera edición de 1955 que ganó el Sevilla FC, se pueden ver carteles en los que coincidían Real Madrid, FC Barcelona y Milán (1959), en los que aparecían la Roma, la Juventus, el Inter de Milán, River Plate, Boca Juniors, Peñarol de Montevideo, Bayern Münich, Ajax… O al que acudían los jugadores más importantes del momento: desde Kubala o Di Stéfano a Beckenbauer, pasando por la tremenda locura de ver al mismísimo Santos con Pelé frente al Barça de Johann Cruyff.

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Eso era el Trofeo. Pero había sido más, como ese partido mítico entre Athletic de Bilbao y Racing de París en el que el balón estuvo minutos y minutos sin salir del terreno de juego, o esa edición con el Benfica de Eusebio que perdió la final contra el Real Zaragoza. Historias que mi padre me contaba con un brillo especial en la mirada, con pasión.

En los noventa comenzaron los cambios. En la edición de 1992 por primera vez fui solo, con mis amigos, sin adultos. Era una semifinal entre el Cádiz de Kiko Narváez (que acababa de ganar el oro olímpico) frente al Sao Paulo, donde los brasileños ganaron por 2-0. El Cádiz iniciaba su bajada a los infiernos: en esa temporada descendió a Segunda y después a 2ªB.

Los cambios también tuvieron que ver con el boom de las televisiones privadas, que apostaron por el fútbol y empezaron a saturarnos con partidos. Cada equipo quería tener su trofeo y la novedad que ofrecía el Carranza antes del comienzo de la liga iba perdiendo sentido. Además, nació la leyenda de que si el Cádiz hacía un buen trofeo (peor si lo ganaba) la temporada sería un desastre y viceversa, como si nada tuviera que ver la pésima gestión institucional y deportiva.

El nuevo milenio no mejoraría la situación, más bien al contrario: el trofeo del año 2000 se disputó a partido único y gracias a un Real Betis que se ofreció a colaborar con un Cádiz al borde de la desaparición. Conviene no olvidarlo. Después vendría la edición del año 2004, la del 50 cumpleaños, en la localidad de San Fernando porque había problemas con el césped del Carranza (esa era la gestión del club, ni más ni menos); o la de 2005, con una final entre el Cádiz recién ascendido a Primera de Víctor Espárrago y Oli frente al Barça de Frank Rijkaard, Ronaldinho y un pequeño argentino que se ganó al estadio con sus diabluras y al que se le cantó “¡Messi, quédate!”, y que estuvo a punto de quedarse cedido, una cesión que podría haber cambiado la historia.

Y muy poco más. El Trofeo Carranza ya no es lo que era, ni podrá volverlo a ser. No se puede competir con las cantidades de dinero que se ofrecen en Estados Unidos, China o Japón. Pensar en un Carranza con los grandes es cada vez más utópico, pues esos carteles históricos se llaman ahora International Champions Cup y suponen para los clubes unos ingresos vitales para cuadrar las cuentas. Además, lo que antes era un honor ahora es un favor que hay que agradecer a la Unión Deportiva Las Palmas y, otra vez, al Real Betis. El Trofeo ya no ofrece novedad, pues por internet todos hemos podido ver a nuestros equipos, ni marca el final del verano.

Sin embargo, si me permiten la confidencia, un servidor hoy se ha levantado con una cosquillita en el estómago y está deseando que pasen las horas para ponerse la camiseta amarilla e ir al mismo lugar de siempre para ver a los amigos antes de pisar el estadio y volver a vivir una noche de Trofeo, así, con mayúscula. El Trofeo es patrimonio del Cádiz y de los cadistas y no se debe perder, es historia viva del fútbol. El desastre organizativo de este año debe servir para que todos, dirigentes del club y políticos, medios de comunicación y aficionados, volvamos a darle la importancia que tuvo y que debe seguir teniendo, en otro nivel, desde otra perspectiva. Y lo primero es acudiendo, llenando las gradas de Carranza. Lo contrario sería dejar morir a algo que es único, que es nuestro, que forma parte de nuestro recorrido vital. Ojalá que lo siga siendo.

 

 

 

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